Post etiquetado ‘salvación’

16 mayo 2011

Se confirma la doctrina del llamamiento y la elección de Dios

Siguiendo un poco con la idea del post anterior, me di cuenta que el versículo de Mateo 10:14-15  toma mucho sentido aquí, ya que la cosecha está madura, dijo Jesús. Por lo tanto, el que oye y cree a nuestro mensaje es porque Dios lo tiene elegido desde antes de la fundación del mundo.

Y no se si mi conclusión estará errada, pero según el versículo en cuestión, da la impresión que no debemos hacer tanta parafernalia para predicar el evangelio, ya que el que está sediento del agua que Jesús tiene para darle gratuitamente, seguro la beberá sin mas, por lo mismo, porque tiene sed.

Entonces, ¿qué deberíamos hacer con aquellas personas que no desean escuchar nuestro mensaje? Pues, creo que nada, sólo orar por ellos, ya que quizá Dios les conceda el don del arrepentimiento en algún momento. Y cuando llegue ese momento, estarán deseosas de escuchar la verdad.

“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen,y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre”. Juan 10:27-29

28 abril 2011

ANTIGUA NATURALEZA. PARTE II

PARTE II

Bueno, veamos: hoy es domingo, son casi las cuatro de la tarde y no tengo panorama programado. Mi BlackBerry lo mantengo apagado en domingo para desconectarme de la pega un ratito, así que estoy inubicable. Tampoco me dan ganas de llamar a nadie. Tengo ganas de estar solo.

Pienso que debo ir a pasear a alguna playa de por aquí cerca. Conduzco un par de horas y llego a una playa sensacional, no se ve ni un alma, pero por lo menos hay mar, y donde hay mar hay energía. Justo lo que necesito: mucha energía.

En la orilla hay unos lugareños que se ganan la vida recogiendo unas algas brillantes que las venden a precio de huevo, para que luego algún fulano las exporte al oriente y vuelvan enfrascadas en unas cremas carísimas que ni tienen olor a alga. Y la señoras las compran como pan caliente, con la secreta esperanza que se les borren, o por lo menos se les atenúen las arrugas; si a las viejas les puedes vender cualquier lesera, con tal de prometerles lo imposible. Se me ocurrió llevarle un atadito de estas algas a mi mamá para que vea la porquería que se echa en la cara.

Me concentro en los montones de algas apilados en la orilla, parecen miles de lucecitas saludando alegres a los visitantes. El brillo del sol se refleja en ellas. Me imagino que están contentas de saber que ahora sirven para algo más que enredarse en las piernas de los bañistas. Tengo ganas de conversar con el pescador de algas, me acerco un poco, inhalo profundamente el aire marino y me doy cuenta que esta sensación es más estimulante que inhalar la basura de anoche. El aire entra con fuerza a mis pulmones purificando cada pensamiento. Exhalo relajado y sin prisa, botando la inmundicia de mi cuerpo, por fin. Repito el ejercicio unas cuantas veces, miro el horizonte y levanto los brazos. En ese instante entra una idea loca a mi cabeza: sospecho que tiene que existir en algún lugar del universo – o fuera de él. En otra dimensión, por ejemplo – un ser superior que tenga la capacidad creativa para haber inventado esta playa y su entorno plagado de belleza, que se traduce en un paisaje diseñado a la perfección. Eso sí, que el cuento del dios no me lo trago, lo encuentro muy absurdo, como también encuentro ilógico las historias del cielo y del infierno. Cómo si sólo hubiesen dos opciones: si eres bueno te vas a al cielo y si eres malo te vas al infierno. No creo que sea así de simple. El problema radica en la subjetividad y relatividad de los conceptos del bien y del mal. Cómo saber qué es la verdad, lo real, lo perfecto, lo bueno, lo eterno. Porque algunas religiones te dicen que hay que matar a los individuos que están en contra de sus creencias, pero en otras te dicen que las vacas son sagradas. ¿Qué valdrá más? La vida de un hombre que piensa distinto a otro, o la vida de una vaca. Necesito hablar con alguien, las dudas alimentan mi ansiedad.

-¡Hey! Hola, como anda. Está rico el día. – El pescador se da vuelta asustado. Parece que le hablé muy fuerte.

- Buenas tardes. Sí, en la mañana estaba un poco nublado pero ya está despejadito. – Contesta el hombre. Apenas hubo dicho esto le cambia el semblante y ahora sonríe. Me fijo en las marcas moradas de sus piernas y pienso que el agua debe estar bastante helada. Qué lástima que hoy no vi el amanecer, no tenía idea si había estado nublado. No me quedaba otra que creerle.

- ¿A cuánto el kilo de algas? – Le pregunto mientras disfrutaba sintiéndome pequeño ante la inmensidad del mar.

- Estas son pelillo, me las compran a ocho gambas el kilo – Contesta sin descuidar su labor. Comienzo a sacar cuentas y no debe ser mal negocio, después de todo estando mojadas pesan harto.

- Claro que me las pesan secas, y viera usté que secas no pesan naíta po’oiga – Contesta nuevamente; esta vez adivinando mis pensamientos. Saco cuentas nuevamente y calculo que es todo un día de trabajo, todos los días, para apenas puro comer.

El mundo es muy desigual. Si en realidad hubiera un dios no podría permitir este tipo de injusticias. No creo que un Ser perfecto, el mismo que hubo creado este maravilloso escenario que tengo ante mis narices, pueda estar tan tranquilo sentado en su trono haciéndose el leso.

Me deprime un poco este caballero, comienzo a sentir remordimiento de la vida que llevo. Es cierto que no ha sido perfecta, después de todo nada es perfecto, pero por lo menos nunca he tenido que enfrentarme a la inseguridad, al temor, o a la angustia de la incertidumbre. Incertidumbre acerca de si mañana podré alimentarme. Siempre tengo comida de sobra, incluso a veces tengo que tirarla a la basura porque no me apetece comer dos días seguidos lo mismo. ¡Qué locura! De verdad siento remordimiento. Esta vez es más real de lo acostumbrado. No me gusta esta sensación. Me descoloca.

Imagino mi alma: pequeña, impotente, muerta. Cubierta por una gruesa capa de culpa. Me la imagino oprimida y lastimosa. Incapaz siquiera de pedir auxilio. ¡Pobrecita mi alma! Me gustaría ayudarla, salvarla. El problema es que no sé cómo hacerlo.

Ahora estoy sentado en la arena, sintiendo una pena atroz pero con claridad de pensamiento. Miro al cielo – que a propósito hoy está más hermoso que de costumbre – y justo alcanzo a divisar unos rayos de sol colándose entre unas pocas nubes. Unas gaviotas giran alrededor de aquellos rayos. Su vuelo se asemeja a algún tipo de danza tribal, ceremonioso pero festivo, cuyo objetivo no es otro que agradecer el calorcito que les proporciona el rey sol.

Bajo la mirada y me concentro en los millones de granos de arena dorados. Tomo un puñadito en mi mano y la dejo deslizarse por entre los dedos. Caen suaves para confundirse de nuevo con su hábitat. En mi mano, esos granitos brillan resplandecientes e intensos, pero a medida que caen, su brillo se pierde y se apaga. Vuelvo a coger un puñado de arena y vuelvo a soltarla. Repito el ejercicio un par de veces más porque es relajante. Imagino que cada grano de arena es un alma muerta, sin opción. Y mi mano, una especie de redentor o rescatista que les regala un mundo nuevo, donde ellas puedan brillar con tal intensidad que nunca más deseen volver a confundirse con la arena común y corriente.

Unos gritos de niños hacen que vuelva la cabeza y los veo allí, a pata pelada, corriendo hacia la orilla. Hacen carrera para ver quien llega primero al lado de su papá. Uno de los niños tiene la cara llena de picadas de zancudos, como con alergia. Se nota que se las había pellizcado. El pelo lo lleva bien despeinado y hasta medio enredado. Andaba con unos jeans bien desteñidos y cortados a media pierna a modo de shorts y una polera tan apretada que se le veía el ombligo. El otro niño es más guagüita, como de dos años y solo llevaba puestos unos calzoncillos bastante jetones. Como era de esperar, el mayor le ganó la carrera al menor. Igual lo espera pacientemente para ir juntos a saludar a su papá. Lo toma de la mano y lo arrastra con cariño hacia la orilla húmeda. El papá-pescador-de-algas-baratas los mira con ternura y extiende los brazos. Tanto los extiende que parecía como si se les alargaran. Los niños se refugian en aquellos brazos anchos, helados por el contacto con el agua de mar, pero encendidos con el amor que emana y explota del corazón del padre; un amor infinito e incondicional por sus dos pequeños hijos. Entonces, la alegría de ellos revienta en unas sonoras carcajadas que invaden toda la playa.

Sin percatarme se me escapa lentamente una lágrima. Ahora ya no siento pena por ese hombre que tiene que sacrificarse a diario para poder alimentarse. Ahora siento pena por mí, porque yo soy el pobre y el miserable, incapaz de amar, incapaz de vibrar con las cosas simples, bellas, gratuitas.

Pensándolo bien, si existiese un Dios creador de la tierra, del universo y del hombre – hipótesis que ciertamente podría ser verdadera – no lo veo encarnado en un ente perversamente injusto ni arbitrario en la toma y ejecución de sus decisiones. Muy por el contrario. Lo imagino más bien como si fuera una especie de Gran Espíritu, majestuoso, increíblemente sabio y bondadoso. Pudiera también estar ofreciendo pagar un rescate por el alma de quienes lo busquen. Y el alma, una vez liberada, puede ser capaz de mirar lo bueno, lo agradable. Y entonces, puede cambiar una vida vacía y sin sentido por otra vida; una vida real, eterna.

Todavía no se habían soltado del abrazo cuando decido levantarme y dejarlos gozar ese momento. Ya al lado del Jeep, vuelvo la mirada y alcanzo a ver a la madre de los niñitos que se acercaba a la orilla. Llevaba una canasta colgando del brazo. Era una mujer pequeña, redonda y morena. Su rostro delataba las largas horas que pasaba bajo la mirada incansable del sol abrasador. En su rostro se reflejaba además una paz que se asomaba en sus pupilas y reventaba en su sonrisa.

Trato de abrir las puertas de mi automóvil. Creí que me iba a costar desactivar la alarma, porque ando con las pilas agotadas, pero apenas aprieto el botoncito se levantan inmediatamente los seguros de las cuatro puertas. – ¡Milagro! – pensé. Que agradable sensación se experimenta cuando todos tus sentidos vuelven a conectarse con tu alma. Me siento completo, tan pleno, que hasta el más mínimo detalle favorable se torna merecedor de reconocimiento y digno de agradecer.

Mientras conduzco de regreso a mi casa, trato de captar la esencia de mi entorno  inmediato, aprovecho cada metro de naturaleza, cada metro de vida. Miro por el espejo retrovisor, lo acomodo para reflejarme en él. Me miro, y al instante me regalo una sonrisa, creyendo por fin estar seguro de haber encontrado la solución para resucitar mi alma. Acomodo nuevamente el retrovisor y lanzo una última mirada hacia atrás, hacia la antigua naturaleza.

FIN

Nota del autor:

Este cuento es ficticio y no tiene intencion de darle una explicación real al proceso de salvación ofrecido por nuestro Señor Jesucristo.

Si desea conocer el evangelio de Jesucristo, puede ponerse en contacto conmigo a través de este  blog.

22 septiembre 2010

Antigua Naturaleza. Parte I.

Quiero abrir los ojos pero se me hace imposible. Parece que anoche se me anduvieron pasando los litros, o los cuetes, o el jale; no sé qué fue lo que me hizo tan mal. Antes podía carretear pesado y despertaba como tuna. Al parecer ya no estoy para este tipo de farra, debo estar muy viejo. Mejor me quedo quieto porque cualquier movimiento en falso podría causar una desgracia. Me siento bien mareado, que ganas de tener al alcance de mi mano una cervecita; para recuperarme. Así dicen: “Lo que te mata, te recupera”. Al fin los abro y me percato que estoy durmiendo en el sillón del Carlanga. Tengo el cuello acalambrado y olor a funeral. Apesto.

De pronto aparece la hermana menor del Charlie y me mira con lástima.

-          Despertó el bello durmiente, ¿quieres ducharte? – mientras me dice esto se toma su pelo y se hace un rulo. Debo estar fétido, se siente a metros de distancia – pienso.

Además tengo la boca tiesa y la garganta embalsamada. Me agarro la nariz y no me la siento, mejor voy luego al baño antes que me vea el resto de la familia, debo ser un espectáculo triste.

Avanzo zigzagueando hacia el baño; entro, y me encuentro en un cuarto de dos metros cuadrados, apenas puedo moverme, asi que por un instante se me cruzó la idea de subir al segundo piso, al baño grande. ¿Por los baños de visita serán tan chicos? Es una crueldad. Me arrodillo como puedo y me meto los dedos hasta el fondo de la garganta, a ver si así se me despeja el malestar. Hago un par de arcadas pero nada más. Al levantarme me di asco yo mismo. En el espejo se refleja mi cara. ¡Qué vergüenza! ¡¿Así me vio la Maca?! Abrí la llave y me tiro agua como loco, como para olvidarme de los recuerdos que comienzan a dibujarse en mi mente. Me lavo bien la cara, me urge concentrarme en mi aseo personal. El agüita se vuelve roja al caer al lavamanos, me miro en el espejo nuevamente y me veo la nariz hecha un desastre – No voy a jalar más – lo he repetido mil veces. Lo que sucede es que después de  tres Bloody Mary, dos Stolichnaya y cuatro cuetes se hace necesario una inyección reanimadora, de lo contrario, el carrete llega a su fin muy temprano y esa no es la gracia.

Una vez semi-recuperado, me incorporo, me pongo la camisa dentro del pantalón y salgo del baño como si nada. Subo al dormitorio del Carlanga y encuentro la cama arreglada y todo bien aseado. Recorro las piezas y en una de ellas encuentro a la señora Carmen pasando la aspiradora concentrada.

-          Señora Carmen, buenos días, como ha estado. Se le ve cada día mejor – trato de ser caballero. La señora me mira de reojo y me pregunta si quiero almorzar. ¿Almorzar?

-          ¿Qué hora es? – pregunto

-          Las dos y media, el Carlitos se fue a misa con sus papás y no han vuelto porque iban a pasar al Club a almorzar.

-          Ah ya, no se preocupe, mejor me voy a almorzar a mi casa. Gracias de todos modos.

Mientras bajaba la escalera pensaba en lo valiente que es mi amigo, no debe haber dormido ni dos horas. ¿Cómo lo hará para recuperarse tan pronto? Al pasar por el pasillo veo a la Maca en el escritorio estudiando para no sé qué cosa, no le presté atención.

-          No fuiste a misa, diosito se va a enojar contigo – le digo. Al terminar de decir esto pienso que diosito ni siquiera existe, así que no importaba si iba a misa o no.

-          No pude ir porque tengo prueba mañana, de Ciencias, un tema súper complicado…

No seguí escuchando. Al recordar mi época colegial me entra una especia de nostalgia absurda, pero al mismo tiempo, y en fracción de milésimas de segundo, recuerdo lo inocente y feliz que era; lo vulnerable que me sentía al lado de mi primer amor, la Catalina. Conversábamos, sólo conversábamos. Me iba feliz a mi casa luego de haber estado con ella, esperando que llegara el siguiente día parta mirarla, aunque fuera un ratito. Creo que cuando vuelva a sentir lo mismo por alguien, no lo voy a pensar dos veces; me caso, al tiro.

Agarro mi chaqueta y busco desesperado las llaves de mi auto, tanta nostalgia me provoca náuseas. Nada que ver a estas alturas ponerse sentimental.

Afuera el sol pega potente y mis ojos se encandilan. Se habían acostumbrado a la noche. Pienso que debería aprovechar las mañanas, con su olorcito a nuevo despertar que hace tiempo que no lo huelo. Hace tiempo que no veo un amanecer de fin de semana, esos que se pueden disfrutar, porque no es lo mismo que esos amaneceres de legañas y bostezos, cuando tienes que irte al trabajo. En la semana solo ocupas tu mente en resolver problemas, problemas y más problemas; no hay tiempo para aprovechar nada. Cuando era chico sentía tanta alegría cuando llegaba el fin de semana: me levantaba temprano, agarraba mi bicicleta y organizábamos excursiones al cerro con mis amigos; una mochila cargada de cocaví y unos juguitos en caja parta el camino; era el paraíso. Recuerdo que pedaleábamos entusiasmados sintiendo la brisa tibia de las mañanas de primavera y mirando al cielo descubríamos cómo se colaba el sol entremedio de los árboles para rebotar en la cara… que extraño… no recuerdo que se me hayan encandilado los ojos. Pero bueno, eran otros tiempos.

Ya el estómago me cruje, el hambre me pone melancólico. Sigo hurgando en mi ropa a ver si encuentro las famosas llaves del Jeep. Por fin, estaban en el bolsillo de la chaqueta. Quiero desactivar la alarma pero no me funciona. Vuelvo a intentar pero no pasa nada. Sé que tengo que cambiarle las pilas a esta cuestión pero nunca me acuerdo de comprarlas. Siempre que ando por el centro de la ciudad me ronda la idea de que algo me falta, que algo necesito pero nunca me acuerdo qué es. Después de un rato intentando que funcione el famoso-adminículo-sin-pilas, suena el tlic,tlic,tlic e instantáneamente se abren los seguros de las puertas. Me subo aliviado, como si dentro del auto se me fuera a pasar esta detestable angustia. Siempre me sucede lo mismo después de un carrete, no puedo continuar con mi estado de euforia al día siguiente. Como si la felicidad sólo estuviera reservada para sentirla y vivirla por un par de horas en la noche. Me carga sentirme tan vacío, me carga sentir remordimientos por tratar de ser feliz. Nadie te enseña cómo ser feliz, tienes que descubrirlo de a poco, y en ese ir y venir en busca de nuevas sensaciones te das cuenta que has metido la pata demasiadas veces y que generalmente no hay posibilidad de revertir los errores. No hay vuelta atrás y tienes que seguir atinando, echándole pa´delante porque o si no te mueres, o te deprimes, que es peor. Menos mal que no está lloviendo, si así fuera ya me habría ido a almorzar a la casa de mi mamá. O de mi papá, da lo mismo; en cualquiera de las dos casas me siento como un extraño, no encajo ni con la familia de mi mamá ni con la de mi papá; no entiendo como mis hermanos sobreviven allí, pero bueno, es problema de ellos.

Como no tengo ánimo de llegar a mi casa, manejo sin rumbo. De repente veo en el camino una estación de gasolina con un local de comida rápida y me acuerdo que no he comido nada. Me estaciono y camino mareado, con un hueco en el estómago. Tengo la idea fija de tragarme un hot dog. Entro y miro a la cajera:

-          Dame una promo, el completo con la bebida, y unos Viceroy Light. ¿Cuánto es?

-          Son mil setecientos noventa pesos – dice muy compuesta, tratando de disimular su fascinación por mí. Sé que estoy hecho un asco, pero igual conservo mi encanto.

Me miro de reojo en el vidrio y me pego una quebrada patética. Levantando una ceja le digo: -“Gracias”- con la voz lo más ronca posible, tratando de hacerme el donjuán.

Mientras me preparo el completo, calculo que ya no estoy en edad de andar flirteando superficialmente, debería andar buscando algo más serio. ¡Qué estoy pensando!, es mi fin. Es cierto que tengo treinta años, pero eso no significa que esté viejo, ni menos que tenga que estabilizarme. A medida que me alimento recupero mi cordura.

Fin Parte I.

Viviana Véjar Himsalam

24 noviembre 2009

ABRAHAM KUYPER Y SU CONCEPTO DE CULTURA

Kuyper concordaría en que la cultura incluye todo el trabajo del hombre para el desarrollo y mantenimiento del cosmos, y los resultados de ese trabajo, tanto en la naturaleza como en el hombre. Pero, sin la gracia común de Dios, no hubiese surgido ninguna cultura. El mundo, debido al pecado, hubiese sido destruido si la gracia común de Dios no hubiera intervenido (GG, I, 213, 220). Como tal, la gracia común es el fundamento de la cultura, puesto que el gran plan de Dios para la creación es alcanzado por medio de la gracia común (GG, II, 28, 630-31). La gracia común no es espiritual ni recreativa, sino temporal y material (I, 86, 92, 296; III, 107-10; 331). Está basada y fluye de la confesión de la soberanía absoluta de Dios, pues, dice Kuyper, no solamente la iglesia sino el mundo entero debe dar honor a Dios; por tanto el mundo recibió la gracia común con el propósito de honrarle por medio de ella. De esta manera Kuyper sostiene la afirmación católica [universal] del Cristianismo y urge su validez para todos los hombres. La gracia común, aunque es no-salvadora y está restringida a esta vida (I, 220, 497; II, 277, 679), tiene su fuente en Cristo como el mediador de la creación (II, 645) puesto que todas las cosas existen por medio de la Palabra eterna. Por tanto, el punto de partida para la gracia común es la creación y la esfera de lo natural. Pero puede también ser llamada sobrenatural, porque es la longanimidad y misericordia de Dios a las cuales el hombre como tal no tiene derecho. Como tal es una luz tenue en medio de la oscuridad (I, 243). Kuyper le da a la gracia común el rol independiente de desarrollar la creación y hacer posible la historia y la cultura (II,118, 635; III, 302). Esta no es una negación de la depravación total sino que asume su realidad como un poder nefasto en la vida del hombre, el cual está, sin embargo, bajo el control de Dios. Pues a través de la acción de la gracia común de Dios el poder del pecado y sus venenosos resultados son frenados y restringidos (I, 246; II, 506).

Esta es la acción constante de la gracia común, la cual es siempre la misma (II, 604) y opera sin tener en cuenta la acción y la reacción humanas. Por ella la maldición es pospuesta (I, 222, 254, 263); sin embargo, la prolongación de la historia también prepara al infierno (III, 107ss.; 215-16; II, 224).

Debiese observarse de una vez que Kuyper no fue siempre consistente en mantenerse asido al propósito independiente y auto-suficiente de la gracia común. Aunque Kuyper sostiene que sin la continuación de la raza la gracia especial hubiese sido imposible (I, 222, 254, 263), también dice que sin la gracia especial la gracia común no hubiese tenido propósito (I, 400; 224, 220).

Fue sobre la base de esta discrepancia que Van Ruler dice que Kuyper nunca puede realmente introducir a la gracia especial en el cuadro. Debe concederse que Kuyper dio ocasión para esta crítica por su distinción filosófica entre la base esencial de la gracia especial, presentada como sobrenatural y perteneciendo al ámbito de la gloria mientras que la gracia común está restringida al ámbito de la criatura. Esto fue interpretado por Van Ruler como una concepción dualista, espiritualista y escatológica en la que la unidad de la vida Cristiana sería rota, de manera que su salvación sobrenatural en realidad nunca se hizo efectiva en el mundo de las cosas creadas.

Sin embargo, esta no es la única opinión presentada por Kuyper. Aunque su nostalgia por el cielo puede a veces haberle delatado a hablar de la gracia particular como algo fuera de esta vida, por otro lado, se mantiene recordándole al peregrino que debe viajar a través de este mundo, y que debe vivir una vida de gratitud por su salvación, sujeto a las ordenanzas de la creación establecidas por Dios (III, 307-8).

——————–

Tomado de www.contra-mundum.org

Libro: El concepto calvinista de la cultura / Henry R. Van Til

Leer documento completo aquí.

 

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 133 seguidores