Quiero abrir los ojos pero se me hace imposible. Parece que anoche se me anduvieron pasando los litros, o los cuetes, o el jale; no sé qué fue lo que me hizo tan mal. Antes podía carretear pesado y despertaba como tuna. Al parecer ya no estoy para este tipo de farra, debo estar muy viejo. Mejor me quedo quieto porque cualquier movimiento en falso podría causar una desgracia. Me siento bien mareado, que ganas de tener al alcance de mi mano una cervecita; para recuperarme. Así dicen: “Lo que te mata, te recupera”. Al fin los abro y me percato que estoy durmiendo en el sillón del Carlanga. Tengo el cuello acalambrado y olor a funeral. Apesto.
De pronto aparece la hermana menor del Charlie y me mira con lástima.
- Despertó el bello durmiente, ¿quieres ducharte? – mientras me dice esto se toma su pelo y se hace un rulo. Debo estar fétido, se siente a metros de distancia – pienso.
Además tengo la boca tiesa y la garganta embalsamada. Me agarro la nariz y no me la siento, mejor voy luego al baño antes que me vea el resto de la familia, debo ser un espectáculo triste.
Avanzo zigzagueando hacia el baño; entro, y me encuentro en un cuarto de dos metros cuadrados, apenas puedo moverme, asi que por un instante se me cruzó la idea de subir al segundo piso, al baño grande. ¿Por los baños de visita serán tan chicos? Es una crueldad. Me arrodillo como puedo y me meto los dedos hasta el fondo de la garganta, a ver si así se me despeja el malestar. Hago un par de arcadas pero nada más. Al levantarme me di asco yo mismo. En el espejo se refleja mi cara. ¡Qué vergüenza! ¡¿Así me vio la Maca?! Abrí la llave y me tiro agua como loco, como para olvidarme de los recuerdos que comienzan a dibujarse en mi mente. Me lavo bien la cara, me urge concentrarme en mi aseo personal. El agüita se vuelve roja al caer al lavamanos, me miro en el espejo nuevamente y me veo la nariz hecha un desastre – No voy a jalar más – lo he repetido mil veces. Lo que sucede es que después de tres Bloody Mary, dos Stolichnaya y cuatro cuetes se hace necesario una inyección reanimadora, de lo contrario, el carrete llega a su fin muy temprano y esa no es la gracia.
Una vez semi-recuperado, me incorporo, me pongo la camisa dentro del pantalón y salgo del baño como si nada. Subo al dormitorio del Carlanga y encuentro la cama arreglada y todo bien aseado. Recorro las piezas y en una de ellas encuentro a la señora Carmen pasando la aspiradora concentrada.
- Señora Carmen, buenos días, como ha estado. Se le ve cada día mejor – trato de ser caballero. La señora me mira de reojo y me pregunta si quiero almorzar. ¿Almorzar?
- ¿Qué hora es? – pregunto
- Las dos y media, el Carlitos se fue a misa con sus papás y no han vuelto porque iban a pasar al Club a almorzar.
- Ah ya, no se preocupe, mejor me voy a almorzar a mi casa. Gracias de todos modos.
Mientras bajaba la escalera pensaba en lo valiente que es mi amigo, no debe haber dormido ni dos horas. ¿Cómo lo hará para recuperarse tan pronto? Al pasar por el pasillo veo a la Maca en el escritorio estudiando para no sé qué cosa, no le presté atención.
- No fuiste a misa, diosito se va a enojar contigo – le digo. Al terminar de decir esto pienso que diosito ni siquiera existe, así que no importaba si iba a misa o no.
- No pude ir porque tengo prueba mañana, de Ciencias, un tema súper complicado…
No seguí escuchando. Al recordar mi época colegial me entra una especia de nostalgia absurda, pero al mismo tiempo, y en fracción de milésimas de segundo, recuerdo lo inocente y feliz que era; lo vulnerable que me sentía al lado de mi primer amor, la Catalina. Conversábamos, sólo conversábamos. Me iba feliz a mi casa luego de haber estado con ella, esperando que llegara el siguiente día parta mirarla, aunque fuera un ratito. Creo que cuando vuelva a sentir lo mismo por alguien, no lo voy a pensar dos veces; me caso, al tiro.
Agarro mi chaqueta y busco desesperado las llaves de mi auto, tanta nostalgia me provoca náuseas. Nada que ver a estas alturas ponerse sentimental.
Afuera el sol pega potente y mis ojos se encandilan. Se habían acostumbrado a la noche. Pienso que debería aprovechar las mañanas, con su olorcito a nuevo despertar que hace tiempo que no lo huelo. Hace tiempo que no veo un amanecer de fin de semana, esos que se pueden disfrutar, porque no es lo mismo que esos amaneceres de legañas y bostezos, cuando tienes que irte al trabajo. En la semana solo ocupas tu mente en resolver problemas, problemas y más problemas; no hay tiempo para aprovechar nada. Cuando era chico sentía tanta alegría cuando llegaba el fin de semana: me levantaba temprano, agarraba mi bicicleta y organizábamos excursiones al cerro con mis amigos; una mochila cargada de cocaví y unos juguitos en caja parta el camino; era el paraíso. Recuerdo que pedaleábamos entusiasmados sintiendo la brisa tibia de las mañanas de primavera y mirando al cielo descubríamos cómo se colaba el sol entremedio de los árboles para rebotar en la cara… que extraño… no recuerdo que se me hayan encandilado los ojos. Pero bueno, eran otros tiempos.
Ya el estómago me cruje, el hambre me pone melancólico. Sigo hurgando en mi ropa a ver si encuentro las famosas llaves del Jeep. Por fin, estaban en el bolsillo de la chaqueta. Quiero desactivar la alarma pero no me funciona. Vuelvo a intentar pero no pasa nada. Sé que tengo que cambiarle las pilas a esta cuestión pero nunca me acuerdo de comprarlas. Siempre que ando por el centro de la ciudad me ronda la idea de que algo me falta, que algo necesito pero nunca me acuerdo qué es. Después de un rato intentando que funcione el famoso-adminículo-sin-pilas, suena el tlic,tlic,tlic e instantáneamente se abren los seguros de las puertas. Me subo aliviado, como si dentro del auto se me fuera a pasar esta detestable angustia. Siempre me sucede lo mismo después de un carrete, no puedo continuar con mi estado de euforia al día siguiente. Como si la felicidad sólo estuviera reservada para sentirla y vivirla por un par de horas en la noche. Me carga sentirme tan vacío, me carga sentir remordimientos por tratar de ser feliz. Nadie te enseña cómo ser feliz, tienes que descubrirlo de a poco, y en ese ir y venir en busca de nuevas sensaciones te das cuenta que has metido la pata demasiadas veces y que generalmente no hay posibilidad de revertir los errores. No hay vuelta atrás y tienes que seguir atinando, echándole pa´delante porque o si no te mueres, o te deprimes, que es peor. Menos mal que no está lloviendo, si así fuera ya me habría ido a almorzar a la casa de mi mamá. O de mi papá, da lo mismo; en cualquiera de las dos casas me siento como un extraño, no encajo ni con la familia de mi mamá ni con la de mi papá; no entiendo como mis hermanos sobreviven allí, pero bueno, es problema de ellos.
Como no tengo ánimo de llegar a mi casa, manejo sin rumbo. De repente veo en el camino una estación de gasolina con un local de comida rápida y me acuerdo que no he comido nada. Me estaciono y camino mareado, con un hueco en el estómago. Tengo la idea fija de tragarme un hot dog. Entro y miro a la cajera:
- Dame una promo, el completo con la bebida, y unos Viceroy Light. ¿Cuánto es?
- Son mil setecientos noventa pesos – dice muy compuesta, tratando de disimular su fascinación por mí. Sé que estoy hecho un asco, pero igual conservo mi encanto.
Me miro de reojo en el vidrio y me pego una quebrada patética. Levantando una ceja le digo: -“Gracias”- con la voz lo más ronca posible, tratando de hacerme el donjuán.
Mientras me preparo el completo, calculo que ya no estoy en edad de andar flirteando superficialmente, debería andar buscando algo más serio. ¡Qué estoy pensando!, es mi fin. Es cierto que tengo treinta años, pero eso no significa que esté viejo, ni menos que tenga que estabilizarme. A medida que me alimento recupero mi cordura.
Fin Parte I.
Viviana Véjar Himsalam

1. El hombre, según vino de la mano de Dios, su creador, era perfecto y limpio. La ley justa que Dios le dio hablaba de vida condicionada a su obediencia y amenazaba con muerte la desobediencia. (1) La obediencia de Adán fue muy corta. Satanás usó la sutil serpiente para traer a Eva al pecado y entonces ella sedujo a Adán, quien sin ninguna fuerza de afuera, libremente violó la ley bajo la cual habían sido creados y también el mandamiento de Dios de no comer del fruto prohibido. (2) Plugo a Dios, conforme a su sabio y santo propósito, permitir este pecado proponiéndose ordenarlo para su propia gloria.
Nadie se puede llamar a si mismo cristiano, si no ha estudiado en el Antiguo Testamento el tabernáculo donde moraba Dios en el pasado, cuando se reveló veladamente a Su Pueblo, los Judíos.