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22 septiembre 2010

Antigua Naturaleza. Parte I.

Quiero abrir los ojos pero se me hace imposible. Parece que anoche se me anduvieron pasando los litros, o los cuetes, o el jale; no sé qué fue lo que me hizo tan mal. Antes podía carretear pesado y despertaba como tuna. Al parecer ya no estoy para este tipo de farra, debo estar muy viejo. Mejor me quedo quieto porque cualquier movimiento en falso podría causar una desgracia. Me siento bien mareado, que ganas de tener al alcance de mi mano una cervecita; para recuperarme. Así dicen: “Lo que te mata, te recupera”. Al fin los abro y me percato que estoy durmiendo en el sillón del Carlanga. Tengo el cuello acalambrado y olor a funeral. Apesto.

De pronto aparece la hermana menor del Charlie y me mira con lástima.

-          Despertó el bello durmiente, ¿quieres ducharte? – mientras me dice esto se toma su pelo y se hace un rulo. Debo estar fétido, se siente a metros de distancia – pienso.

Además tengo la boca tiesa y la garganta embalsamada. Me agarro la nariz y no me la siento, mejor voy luego al baño antes que me vea el resto de la familia, debo ser un espectáculo triste.

Avanzo zigzagueando hacia el baño; entro, y me encuentro en un cuarto de dos metros cuadrados, apenas puedo moverme, asi que por un instante se me cruzó la idea de subir al segundo piso, al baño grande. ¿Por los baños de visita serán tan chicos? Es una crueldad. Me arrodillo como puedo y me meto los dedos hasta el fondo de la garganta, a ver si así se me despeja el malestar. Hago un par de arcadas pero nada más. Al levantarme me di asco yo mismo. En el espejo se refleja mi cara. ¡Qué vergüenza! ¡¿Así me vio la Maca?! Abrí la llave y me tiro agua como loco, como para olvidarme de los recuerdos que comienzan a dibujarse en mi mente. Me lavo bien la cara, me urge concentrarme en mi aseo personal. El agüita se vuelve roja al caer al lavamanos, me miro en el espejo nuevamente y me veo la nariz hecha un desastre – No voy a jalar más – lo he repetido mil veces. Lo que sucede es que después de  tres Bloody Mary, dos Stolichnaya y cuatro cuetes se hace necesario una inyección reanimadora, de lo contrario, el carrete llega a su fin muy temprano y esa no es la gracia.

Una vez semi-recuperado, me incorporo, me pongo la camisa dentro del pantalón y salgo del baño como si nada. Subo al dormitorio del Carlanga y encuentro la cama arreglada y todo bien aseado. Recorro las piezas y en una de ellas encuentro a la señora Carmen pasando la aspiradora concentrada.

-          Señora Carmen, buenos días, como ha estado. Se le ve cada día mejor – trato de ser caballero. La señora me mira de reojo y me pregunta si quiero almorzar. ¿Almorzar?

-          ¿Qué hora es? – pregunto

-          Las dos y media, el Carlitos se fue a misa con sus papás y no han vuelto porque iban a pasar al Club a almorzar.

-          Ah ya, no se preocupe, mejor me voy a almorzar a mi casa. Gracias de todos modos.

Mientras bajaba la escalera pensaba en lo valiente que es mi amigo, no debe haber dormido ni dos horas. ¿Cómo lo hará para recuperarse tan pronto? Al pasar por el pasillo veo a la Maca en el escritorio estudiando para no sé qué cosa, no le presté atención.

-          No fuiste a misa, diosito se va a enojar contigo – le digo. Al terminar de decir esto pienso que diosito ni siquiera existe, así que no importaba si iba a misa o no.

-          No pude ir porque tengo prueba mañana, de Ciencias, un tema súper complicado…

No seguí escuchando. Al recordar mi época colegial me entra una especia de nostalgia absurda, pero al mismo tiempo, y en fracción de milésimas de segundo, recuerdo lo inocente y feliz que era; lo vulnerable que me sentía al lado de mi primer amor, la Catalina. Conversábamos, sólo conversábamos. Me iba feliz a mi casa luego de haber estado con ella, esperando que llegara el siguiente día parta mirarla, aunque fuera un ratito. Creo que cuando vuelva a sentir lo mismo por alguien, no lo voy a pensar dos veces; me caso, al tiro.

Agarro mi chaqueta y busco desesperado las llaves de mi auto, tanta nostalgia me provoca náuseas. Nada que ver a estas alturas ponerse sentimental.

Afuera el sol pega potente y mis ojos se encandilan. Se habían acostumbrado a la noche. Pienso que debería aprovechar las mañanas, con su olorcito a nuevo despertar que hace tiempo que no lo huelo. Hace tiempo que no veo un amanecer de fin de semana, esos que se pueden disfrutar, porque no es lo mismo que esos amaneceres de legañas y bostezos, cuando tienes que irte al trabajo. En la semana solo ocupas tu mente en resolver problemas, problemas y más problemas; no hay tiempo para aprovechar nada. Cuando era chico sentía tanta alegría cuando llegaba el fin de semana: me levantaba temprano, agarraba mi bicicleta y organizábamos excursiones al cerro con mis amigos; una mochila cargada de cocaví y unos juguitos en caja parta el camino; era el paraíso. Recuerdo que pedaleábamos entusiasmados sintiendo la brisa tibia de las mañanas de primavera y mirando al cielo descubríamos cómo se colaba el sol entremedio de los árboles para rebotar en la cara… que extraño… no recuerdo que se me hayan encandilado los ojos. Pero bueno, eran otros tiempos.

Ya el estómago me cruje, el hambre me pone melancólico. Sigo hurgando en mi ropa a ver si encuentro las famosas llaves del Jeep. Por fin, estaban en el bolsillo de la chaqueta. Quiero desactivar la alarma pero no me funciona. Vuelvo a intentar pero no pasa nada. Sé que tengo que cambiarle las pilas a esta cuestión pero nunca me acuerdo de comprarlas. Siempre que ando por el centro de la ciudad me ronda la idea de que algo me falta, que algo necesito pero nunca me acuerdo qué es. Después de un rato intentando que funcione el famoso-adminículo-sin-pilas, suena el tlic,tlic,tlic e instantáneamente se abren los seguros de las puertas. Me subo aliviado, como si dentro del auto se me fuera a pasar esta detestable angustia. Siempre me sucede lo mismo después de un carrete, no puedo continuar con mi estado de euforia al día siguiente. Como si la felicidad sólo estuviera reservada para sentirla y vivirla por un par de horas en la noche. Me carga sentirme tan vacío, me carga sentir remordimientos por tratar de ser feliz. Nadie te enseña cómo ser feliz, tienes que descubrirlo de a poco, y en ese ir y venir en busca de nuevas sensaciones te das cuenta que has metido la pata demasiadas veces y que generalmente no hay posibilidad de revertir los errores. No hay vuelta atrás y tienes que seguir atinando, echándole pa´delante porque o si no te mueres, o te deprimes, que es peor. Menos mal que no está lloviendo, si así fuera ya me habría ido a almorzar a la casa de mi mamá. O de mi papá, da lo mismo; en cualquiera de las dos casas me siento como un extraño, no encajo ni con la familia de mi mamá ni con la de mi papá; no entiendo como mis hermanos sobreviven allí, pero bueno, es problema de ellos.

Como no tengo ánimo de llegar a mi casa, manejo sin rumbo. De repente veo en el camino una estación de gasolina con un local de comida rápida y me acuerdo que no he comido nada. Me estaciono y camino mareado, con un hueco en el estómago. Tengo la idea fija de tragarme un hot dog. Entro y miro a la cajera:

-          Dame una promo, el completo con la bebida, y unos Viceroy Light. ¿Cuánto es?

-          Son mil setecientos noventa pesos – dice muy compuesta, tratando de disimular su fascinación por mí. Sé que estoy hecho un asco, pero igual conservo mi encanto.

Me miro de reojo en el vidrio y me pego una quebrada patética. Levantando una ceja le digo: -“Gracias”- con la voz lo más ronca posible, tratando de hacerme el donjuán.

Mientras me preparo el completo, calculo que ya no estoy en edad de andar flirteando superficialmente, debería andar buscando algo más serio. ¡Qué estoy pensando!, es mi fin. Es cierto que tengo treinta años, pero eso no significa que esté viejo, ni menos que tenga que estabilizarme. A medida que me alimento recupero mi cordura.

Fin Parte I.

Viviana Véjar Himsalam

6 agosto 2009

CAPITULO VI: La caída del hombre, el pecado y su castigo

Adan-Y-Eva1021. El hombre, según vino de la mano de Dios, su creador, era perfecto y limpio. La ley justa que Dios le dio hablaba de vida condicionada a su obediencia y amenazaba con muerte la desobediencia. (1) La obediencia de Adán fue muy corta. Satanás usó la sutil serpiente para traer a Eva al pecado y entonces ella sedujo a Adán, quien sin ninguna fuerza de afuera, libremente violó la ley bajo la cual habían sido creados y también el mandamiento de Dios de no comer del fruto prohibido. (2) Plugo a Dios, conforme a su sabio y santo propósito, permitir este pecado proponiéndose ordenarlo para su propia gloria.

(1) Gn. 2:16,17

(2) Gn. 3:12,13; 2 Co. 11:3

2. Por este pecado, nuestros primeros padres cayeron de su justicia original y perdieron la comunión con Dios. El pecado de ellos nos envolvió a todos y a través de este pecado la muerte pasó a todos. (3) Todos los hombres vinieron a ser muertos en pecado, (4) y totalmente corrompidos en todas las facultades y partes del alma y del cuerpo.(5)

(3) Ro. 3:23

(4) Ro. 5:12-21

(5) Tit 1:15; Gn. 6:5; Jer. 17:9; Ro. 3:1~19

3. Siendo ellos la raíz de la raza humana, y por la ordenanza de Dios estando Adán en el lugar de toda la humanidad, la culpa de este pecado fue imputada a su posteridad, y la naturaleza corrompida se transmitió a aquella que desciende de ellos según la generación ordinaria. (6) Todos los hombres, siendo concebidos en pecado, (7) y por naturaleza hijos sujetos a la ira de Dios, (8) siervos del pecado y sujetos a la muerte, (9) son dados a inexplicables miserias espirituales, temporales y eternas, a no ser que el Señor Jesucristo los libere. (10)

(6) Ro. 5:12-19; 1 Co. 15:21, 22, 45, 49

(7) Sal. 51:5; Job 14:4

(8) Ef. 2:3

(9) Ro. 6:20; 5:12

(10) He.2:14,15;1 Ti. 1:10

4. De esta corrupción original, por la cual carecemos de disposición y aptitud para todo bien y estamos opuestos a este bien, así como enteramente inclinados a todo mal, (11) dimanan todas nuestras transgresiones actuales. (12)

(11) Ro. 8:7; Col. 1:21

(12) Stg. 1:14; Mt. 15:19

5. Esta corrupción de naturaleza dura toda esta vida aun en aquellos que son regenerados; (13) y, aun cuando sea perdonada y amortiguada por medio de la fe en Cristo, sin embargo, ella, y todos los efectos de ella son verdadera y propiamente pecado.(14)

(13) Ro. 7:18,23; Ec. 7:20; 1Jn. 1:8

(14) Ro. 7:23-25; Gá. 5:17

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12 mayo 2009

La Cruz y el Velo del Templo

SERASGAELVELO Nadie se puede llamar a si mismo cristiano, si no ha estudiado en el Antiguo Testamento el tabernáculo donde moraba Dios en el pasado, cuando se reveló veladamente a Su Pueblo, los Judíos.

El diseño tan específico del tabernáculo, nos puede ir enseñando acerca del propósito que tenía Dios con Su Pueblo.

No voy a hacer en esta entrada un estudio profundo de este tabernáculo, porque eso es tarea de cada uno de ustedes, dentro de sus obligaciones semanales como siervos del Reino.

Lo que hoy me insta a escribir es la relación del velo del tabernáculo – o del Templo en los días que Jesús vivió en la tierra – con la cruz del calvario.

Quiero citar a Tozer aquí  ya que considero que sus palabras en relación al velo pueden ayudarnos a comprender la magnitud de nuestra maldad.

La omnipresencia de Dios es una cosa, y es un hecho solemne, necesario para su perfección. Pero la manifestación de su presencia es otra cosa muy distinta. Y hemos huido de la presencia de Dios, como huyó Adán cuando se ocultó entre los árboles del huerto, o hemos exclamado como Pedro, “¡Apártate de mí, Señor, que soy hombre pecador!”

La obra completa de Dios en la redención tiene por objeto desbaratar los efectos de aquella vil sublevación, y ponernos otra vez en correcta y eterna relación con él. Para eso es necesario que nos despojemos de nuestros pecados, que se efectúe la entera reconciliación con Dios y vivamos de nuevo en su presencia como antes. La gracia proveniente de Dios es la que nos induce a buscarle y volver a su presencia.

No he encontrado palabras mas sencillas para explicar el fenómeno de nuestra rebelión y de nuestro gran problema existencial. El quid de toda la existencia humana – ya lo decía Salomón – es ésta: “Teme al Señor y guarda sus mandamientos”, pero ¿cómo podemos hacerlo? La respuesta es intelectualmente simple de entender, pero demasiado compleja para ponerla en práctica. Tan compleja que se necesita que el Todopoderoso creador de los cielos y la tierra, venga en nuestro auxilio.

La respuesta la encontramos en la cruz del calvario, en el drama cósmico de Dios muriendo como el mas vil, menospreciado y maldito de todos los hombres. Cuando Cristo derrama toda su Sangre para nuestra Justificación delante del Padre, y por consiguiente muere,  sucede algo extraño en el templo que estaba en Jerusalén; el velo que separaba el lugar santo del santísimo se rasga de arriba a abajo y se parte en dos.

Aun cuando un creyente se goce estando en el culto, eso no quiere decir que ha entrado a la presencia de Dios. Hay otro velo que separa el lugar santo del santísimo. Lo más importante del Tabernáculo era que la presencia de Jehová estaba allí. Allí, detrás del pesado velo, estaba Dios. Del mismo modo la presencia de Cristo en el alma del creyente es el hecho más importante del cristianismo.

La clase de cristianismo actualmente de moda parece tener una noción solamente teórica de la presencia de Dios. Los que lo enseñan no parecen entender el privilegio que tiene el
cristiano de saber que cuenta con la presencia de Dios. Se dice que estamos en la divina presencia posicionalmente, pero nada se menciona de la necesidad de estar en esa presencia experimentalmente. El fervor ardiente que inflamó a tantos hombres de Dios en el pasado parece haber desaparecido completamente. La actual generación de cristianos se mide a sí misma por esta medida imperfecta. Un contentamiento innoble ha reemplazado al celo ardiente. Nos declaramos satisfechos con nuestras posiciones legales y poco nos importa la presencia o no presencia de Dios en nuestra vida.

Tozer está hablando de esa postura intelectual, de llamarse cristianos nominalmente y no experiencialmente, de esos cristianos que no tienen deseo por Dios y que su corazón no se inflama al saber que puede estar en su presencia. Algunas personas van a un culto dominical y alegan que no les gustó la alabanza. ¡¿Qué?! ¿acaso estamos pagando entrada como a un concierto para salir satisfechos y contentos por cómo nos sentimos nosotros con las canciones allí entonadas? Dónde quedan esas lecturas del Apcalipsis donde podemos encontrar a los 24 ancianos adorando al Rey Supremo con todo lo que poseen, y postrados con todo su ser gozándose en glorioficar al que es digno de toda alabanza.

Pero el más alto grado del amor de Dios no es intelectual, sino espiritual. Dios es espíritu, y únicamente el espíritu del hombre puede llegar a conocerlo en realidad. El fuego divino debe arder en las profundidades del espíritu del hombre. Al no ser así, el amor del hombre no puede ser verdadero amor de Dios. Los grandes en el Reino de Dios son aquellos que lo han amado a El en el espíritu más que otros.

Los corazones capaces de quebrantarse hasta lo sumo, movidos por el amor al Dios trino y único, son aquellos que han estado en presencia de la Deidad, y la han contemplado con ojos despejados. Los hombres de corazón quebrantado son incomprensibles para la gente común. Ellos hablan habitualmente con autoridad espiritual. Han estado en la presencia de Dios, y hablan de lo que han visto allí. Son profetas, no escribas. El escriba habla de lo que ha leído; el profeta relata lo que ha visto. Esta distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una separación abismal. Hoy en día tenemos infinidad de escribas, pero muy pocos profetas.

Y sucede que cuando un cristiano ha estado en la presencia de Dios, y habla con autoridad, se gana el desprecio y el aborrecimiento de todos los demás que no lo comprenden por hablar con un denuedo similar al de los orgullosos cuando se jactan de sus propias justicias. Pero cuando alguien habla por su propia cuenta, a ese lo escuchan. Cuando un profeta habla de lo que ha visto y oído, a ese lo desprecian y lo insultan ¡Podíamos pedir algo menos! No, porque ya lo había dicho nuestro Señor: “Si al padre de familia  llamaron Belzebú, ¿Cuánto más a los de su casa?”

Le oímos decir al novio, “Déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz, porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto” (Cantares 2:14).Nos damos cuenta que estas palabras se dirigen a nosotros, sin embargo, tardamos en responder a ellas. ¿Qué es lo que nos impide entrar? ¿Qué es ese algo? No es otra cosa que el velo de separación que conservamos en el corazón. Este velo impide que veamos el rostro de Dios. Y no es otro que el velo de nuestra naturaleza humana caída, que aún no ha sido juzgada, crucificada y repudiada dentro de nosotros. Es el velo, de la supervivencia de nuestro “yo,” que nunca hemos querido doblegar, y que no hemos sometido a la crucifixión. Este velo sombrío nada tiene de misterioso, ni es difícil identificarlo. Basta que echemos una mirada a nuestro corazón para que
lo veamos, recosido y remendado y reinstalado, verdadero enemigo de nuestra vida y real impedimento de nuestro progreso espiritual.me atrevo a mencionar los hilos con los cuales se ha tejido ese velo interior. Está entretejido con los delicados hilos del egoísmo, cruzados con los pecados del
espíritu humano. Esto no es algo que nosotros hacemos, sino algo que nosotros somos, y en esto reside su sutileza y poder.
Para ser específicos, estos pecados del ser interior son la justificación propia, la propia conmiseración, la autosuficiencia, la admiración de sí mismo y el amor propio. Y otra cantidad de pecados semejantes. Ellos están tan profundamente metidos en nuestra naturaleza, y son tan
semejantes a nuestro modo de ser que es muy difícil verlos, hasta que la luz de Dios se enfoca sobre ellos. Las manifestaciones más groseras de estos pecados, egoísmo, exhibicionismo, autoalabanza, que exhiben aun grandes líderes cristianos, son toleradas en los círculos más
ortodoxos, aunque parezca extraño que lo digamos. Muchas personas llegan hasta identificarlos con el evangelio. No es cinismo decir que dichas cualidades han llegado a ser requisito
imprescindible para lograr popularidad y prestigio. La exaltación del individuo, más que la de Cristo, es tan común que a nadie le llama ya la atención.
Podría suponerse que la correcta enseñanza de la depravación humana y la justificación en Cristo, nos librarían de estos feos pecados, pero no es así. El pecado del yoísmo es tan
presuntuoso que puede medrar al lado mismo del altar. Puede ver morir a la sangrante Víctima, sin inmutarse en lo más mínimo. Puede defender con calor las doctrinas fundamentales y predicar con elocuencia la salvación por gracia, y sentirse halagado por estos esfuerzos. Hasta el mismo deseo de buscar a Dios parece servir para que el yoísmo se afirme y crezca.
El “yo” es el velo opaco que nos oculta el rostro de Dios. Lo único que puede quitarlo es la experiencia espiritual, nunca la instrucción religiosa. Tratar de hacerlo así es como querer
curar el cáncer con tratados de medicina. Antes que seamos librados de ese velo, Dios tiene que hacer una obra destructiva en nosotros. Tenemos que invitar a la cruz que haga su obra dentro de nosotros. Debemos poner nuestros pecados del “yo” personal delante de la cruz para que sean juzgados. Debemos estar dispuestos a sufrir cierta clase de sufrimientos, tales como los que sufrió Jesús cuando estuvo delante de Pilato.

Me gustaria citar todo el capítulo que Tozer dedica a meditar acerca del velo, pero es imposible hacerlo por este medio. Lo único que puedo hacer es instarlos a leer esta maravillosa literatura para que se gocen en estas verdades eternas.

Por último una recomendación muy valiosa: “Tengamos cuidado de no tratar chapuceramente con nuestra vida interior con la esperanza
de rasgar nosotros mismos el velo. Dios tiene que hacer eso. La parte nuestra debe ser entregarnos y confiar. Debemos confesar, desechar, resistir nuestros antojos y egoísmos, y darnos por co-crucificados con Cristo. Pero esta co-crucifixión no debe ser una laxa “aceptación”
de Cristo, sino una verdadera obra hecha por Dios. No podemos conformarnos solamente con creer en una bonita y agradable doctrina de la crucifixión del yo. Si esto hiciéramos, estaríamos imitando a Saúl, que sacrificó algunas cosas, pero reservó para sí lo mejor del despojo”

Que Dios nos ayude y nos socorra cuando nuestra alma pide a gritos su miericordia.

“Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero”

Juan 6:37-40

18 marzo 2009

El Espíritu Santo convence de pecado

Y cuando él venga (Espíritu Santo), convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado.

(Juan 16:8-11)

Este pasaje me encanta. Pero hace unos años atrás no tenía la mas mínima idea de lo que realmente significaba. Recientemente lo he vuelto a escuchar (más de lo acostumbrado) de boca de los verdaderos profetas de Dios  que se han levantado contra los falsos profetas y han dejado al descubierto sus enseñanzas herejes y destructivas.

Una de las prácticas más blasfemas de las últimas décadas, es haberle restado importancia al pecado y rebajarlo a las premisas de “error, nadie es perfecto, somos humanos, pecar es humano y perdonar es divino, baja autoestima, etc, etc, etc”.

Algunos pastores y maestros modernos (posmodernos y emergentes también) tienen “ministeros” graciosos, mediáticos, interactivos, cercanos a la gente común y corriente, a la gente sencilla. Les dicen que la letra mata pero el amor edifica (otro versículo sacado de contexto). “¡No estudien, no investiguen! Jesús se acerca a los sencillos como palomas, no a los teólogos que estudian la Biblia, ya que ellos son como son los fariseos”.

¡MENTIRA! ¡gran mentira! Lo que ellos están haciendo es unirse a la causa del maligno (espero que no sepan lo que hagan) para desviar a las ovejas de Dios al conocimiento del Gran Yo Soy,YHWH.

Si el Espíritu Santo ha descendido a morar en los corazones del pueblo de Dios, y por tanto hemos nacido de nuevo y hemos participado de la transformación o la regeneración del corazón; debemos saber que para estar seguros de nuestra salvación deberíamos tener constantemente  nuestro pecado abominable delante de Dios,  suplicandole su misericordia y perdón. Porque lo primero que hace el Espíritu Santo de Dios al actuar en la vida de una persona no es el hacerle hablar en lenguas angelicales o tribales, sino convencerles de pecado.

Asi mi queridos hermanos pastores o maestros, si su ministerio no está basado en la presentación de la maldad y la enemistad que los humanos tenemos con Dios desde que nacemos, no es un ministerio al servicio de Dios ni del Espíritu Santo, que es Dios.

Que la Gracia y la Verdad esté con todos ustedes. Mi oración es que Dios les tenga misericordia y que Cristo esté intercediendo aún por sus vidas diciendo:  Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.

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