Instruye al niño en su camino,
Y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.
Proverbios 22:6 (RV60)
Como padres siempre nos estamos cuestionando si nuestros hijos creerán en Cristo para ser sus discípulos. Tememos a los estímulos que provienen desde afuera del seno familiar, y pensamos que éstos podrían destruir las enseñanzas bíblicas proporcionadas a nuestros hijos. Sabemos como es el mundo, sabemos con qué asuntos tuvimos que lidiar nosotros mismos mientras atravesábamos por la niñez y la adolescencia. Ahora, cuando miramos hacia atrás, nos parecen peligrosas, querríamos que nuestros pequeños no tuvieran que pasar por lo mismo. Miramos las noticias y nos damos cuenta con espanto que el mundo es mucho mas peligroso hoy que ayer, la violencia está mucho mas exhacerbada, la pornografía está sólo a un click de distancia y la democracia se usa como pretexto para dar rienda suelta a todas nuestras demandas.
Para analizar este problema desde una persepectiva bíblica y pactal, debemos comenzar diciendo que todos nuestros temores son válidos pero no debemos dejar que éstos nos paralicen al punto de adoptar políticas demasiados restrictivas a la hora de aprobar o desaprobar las actividades de nuestros hijos e hijas.
Tenemos que descansar en las promesas que nos entrega el Señor a lo largo de toda la Escritura, a la vez que le pedimos sabiduría para enfrentar cualquier situación en cada etapa del desarrollo de nuestros hijos.
Por lo mismo quise escribir esta entrada como una especie de paréntesis al estudio de Apocalipsis que estaba publicando.
Estoy atravesando algunos “problemas” con mi hijo mayor, que está en la etapa de la juventud, dónde ellos creen (y nosotros también lo creíamos por supuesto) que todo lo saben y nosotros estamos nada mas que de monigotes al lado de ellos. Los problemas pasan básicamente por el excesivo orgullo típico de esta edad y por la inestabilidad que presentan los jóvenes cuando comienzan a descubrir su propia personalidad y carácter.
A pesar de todo, estoy tranquila. Confío en Dios que la semilla plantada en su conciencia desde pequeño, pronto comenzará a brotar y desde luego, se inclinará a elegir el buen camino; el del respeto, la valoración de la dignidad del ser humano como hecho a la semejanza de Dios, la del camino angosto y la puerta estrecha. Es decir, confío en que el Señor le dará la fuerza para seguir Su camino y no dejarse llevar por las corrientes mundanas. Tal y como está escrito en Proverbios 22:6.
Y hablo de la conciencia, porque según la epístola a Los Romanos, capítulo 1; el escritor inspirado por el Espíritu Santo, nos enseña que Dios puso en todos los seres humano algo llamado la conciencia. Es esta conciencia, la que nos advierte cuando estamos haciendo algo mal o lo estamos haciendo bien. Generalmente, los pequeños niños, cuando comienzan a entender el mundo que los rodea, tienen su conciencia no maleada, es decir, la conciencia juega bien su rol y son capaces de saber, no las consecuencias directas de sus actos, sino si la enseñanza que proviene de sus padres es verdadera o falsa.
Como ejemplo: si a un niño de 4 años se le enseña que existe sólo un Dios verdadero, que creó la tierra y el universo, él no lo va a cuestionar, porque la enseñanza viene directamente de sus padres, o del referente con mayor autoridad que tiene. Si luego en el colegio, a los 7 u 8 años, se le comienza a enseñar acerca de la evolución de las especies, éste niño será capaz de defender la idea de la creación por que su conciencia validará las enseñanzas proporcionadas en su hogar.
Mi punto es que si los padres o las personas que tienen a cargo el cuidado y protección de un menor, son capaces de enseñar la verdad bíblica y de vivir una vida acorde a la misma, ese hijo o hija, aunque pase por períodos de rebeldía en su juventud, siempre volverá a abrazar las ideas y los principios enseñados en su niñez.
Cuando usted enseña la correcta cosmovisión acerca de las verdades fundamentales, tales como la unidad del Dios trino, la creación divina, la ley moral de Dios y la encarnación de Cristo – entre otras – hará que sus hijos e hijas confíen en usted, porque sus mismas conciencias estarán alineadas con las enseñanzas recibidas.
Al revés, si usted es una persona que le ha enseñado a su hijo o hija desde pequeño que no existe Dios, que venimos del mono, que es lícito robarle al vecino o al compañero, que es digno pelearse en la fila de un banco con otra persona, etc; entonces ese niño o niña, se cuestionará, se confundirá. Porque él mira hacia el cielo y ve el sol, las montañas, los animales, y piensa: debe haber un Dios que creó todo esto (Romanos 1: 19-20). Sin embargo, esa confusión se irá disipando a medida que usted se lo repita una y otra vez, hasta momificar su conciencia, a tal punto que usted mismo le haya iniciado en el proceso de no escucharla, de aplastarla hasta ya no percibir sus alertas. La Biblia le denomina “el entendimiento entenebrecido” (Efesios 4:17-18) o la “conciencia cauterizada” (1 Timoteo 4:2).
De mas está decir que lo que usted enseña, debe estar evidentemente en línea con sus acciones al interior de su hogar, porque tiene una gran responsabilidad sobre sus hombros: la de formar personas que estén capacitadas para vivir correctamente en sociedad y prepararlos para vivir una vida de servicio al Señor Jesús.

