“Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor” (1 Corintios 1:26-31)
Una amenaza que se cierne sobre las cabezas de los calvinistas, es el de ser tilados de legalistas, sectarios y exclusivistas, al tratar de explicar la doctrina de la expiación limitada que lleva al tema de la elección del pueblo de Dios.
Los adversarios de esta doctrina bíblica – entiéndase arminianos conscientes o inconscientes – declaran a viva voz: “¡Nos somos títeres ni robots!, ¡tenemos libre albedrío!”
Por algún motivo, los arminianistas suelen ser también discípulos de John Nelson Darby, y su dispensacionalismo místico. Es extraño que puedan descifrar todo ese mensaje apocalíptico verso por verso, símbolo por símbolo, pero no quieran reconocer la elección de Dios en los pasajes simples de entender.
En la Biblia existen pasajes demasiado claros que hablan de la elección del pueblo de Dios, tal es el caso del pasaje de cabecera de esta entrada. El otro versículo bien claro y a la vez estremecedor es este: “Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú” (Romanos 9:13). Esto sucedió antes que uno de los mellizos naciera, por lo tanto, la elección no se basaba en el carácter, ni en las virtudes de cada uno, sino mas bien, en la soberanía de Dios. Esta historia de la elección de Jacob por sobre la de Esaú, encierra varias enseñanzas:
1. Dios escogió al menor de los dos. En la cultura judía, el primogénito era el depositario de las mayores bendiciones, porque la Ley de Dios demanda que el primogénito sea consagrado a Jehová. A pesar de esto, y a consecuencia de la soberanía de Dios, decide que el mayor iba a servir al menor (Génesis 25:23). En nuestros tiempos, Dios escoge a lo mas vil, lo menospreciado, lo que es “menor” para avergonzar a los poderosos.
2. Algunos pensarán que Dios es caprichoso, pero el mismo texto de 1 Corintios nos enseña el por qué de dicha decisión: Para que nadie se jacte en Su presencia. Esto es verdad, si consideramos por un momento que tendríamos motivos de sobra para creernos superior al no creyente: “tu no crees en el evangelio de Cristo, eres un pobre miserable; en cambio yo puedo discernir entre lo verdadero y lo falso, por eso puedo aceptar el evangelio” Generalmente no lo exteriorizan así, pero puedo asegurar que eso es lo que sienten. Su corazón no glorifica a Dios y no le temen. Mas bien confían de sobremanera en el amor de Dios, como si fuera el único de sus atributos.
Ahora bien, al punto que quiero llegar, es que ésta elección de Dios, no anula el hecho de la responsabilidad personal, y es por esta razón que no somos títeres ni robots. En el libro de Hebreos (Nuevo Testamento), el autor deja claro que Esaú fue profano, porque vendió su primogenitura (Hebreos 12:16). Por lo tanto, sus acciones demuestran la naturaleza vil de cada ser humano. Lo que marca la diferencia entre una persona y otra, es la Gracia y la misericordia que Dios ha demostrado con los mas viles y menospreciados de la raza humana.
¿Por qué eligió Dios a Israel y no a los otros pueblos mas civilizados y mas poderosos? La respuesta está en Deuteronomio 7:6-8
“Porque tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto”
Jehová quizo guardar el juramento que juró a vuestros padres, ¿a quiénes? A Abraham, Isaac y Jacob. ¿Por qué nos escoge a nosotros entonces?: Por causa de nuestro padre Abraham, quien fue justificado delante de Dios por medio de su fe. Fe en Aquel que puede hacer mucho mas abundantemente de lo que pedimos o entendemos (Efesios 3:20).
La elección de Dios se basa en sus misericordias, y en el juramento que dió a Abraham. Ya que Abraham no escatimó a su único y amado hijo, Jehová le tomó este acto como muestra de su fe en el Poderoso, que es capaz de resucitar a los muertos. Este acto de fe, hizo que Dios confirmara el juramento que en reiteradas ocasiones le había a Abraham.
1. Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Génesis 12:1-3
2. Luego vino a él palabra de Jehová, diciendo: No te heredará éste, sino un hijo tuyo será el que te heredará. Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu descendencia. Y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. Génesis 15:4-6
3. “y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz”. Génesis 22:16-18
Los dispensacionalistas alegan que el pueblo de Israel es distinto a la Iglesia de Cristo, por ende, Dios trata a cada uno de distintas maneras hasta el cumplimiento de la dispensación de la Gracia. Pero existe un pasaje que nos va a mostrar que los descendientes de Abraham y la Iglesia de Cristo es una sola, note la similitud entres estos dos textos:
1. “y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos” Génesis 22:17b
2. “Y yo también te digo, que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” Mateo 16:18
Todos los que por medio de la fe en Cristo – en el Hijo – nos acercamos a Dios, somos justificados delante de Dios, quitándonos la culpa y la condenación que teníamos bajo el peso del pecado y de la muerte. Ciertamente un yugo pesado que nos imposibilita de pensar clara y sabiamente respecto de nuestro destino eterno.
La Biblia expresa que todos los seres humanos estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), por lo tanto Cristo Jesús nos dió vida, nos resucitó espiritualmente. Pero, que sucede en el corazón de un hombre muerto para que pueda ver con claridad su condición funesta. ¿Puede un muerto estar consciente de su desventura?
¿Qué provecho hay en mi muerte cuando descienda a la sepultura?
¿Te alabará el polvo? ¿Anunciará tu verdad?
Salmo 30:9
Dios no anula nuestra libertad al obrar eficazmente en nuestros corazones para despertar del sueño de muerte en el que nos encontramos, mas bien derrite nuestros corazones y nos suelta del lazo del diablo (Apocalipsis 20:2) en el que estábamos para que podamos ser iluminados con el glorioso evangelio de Cristo. Y una vez que Dios nos despierta para ir hacia Cristo, Cristo no nos echa fuera, sino que a todos los que creen en su Nombre, les dio derecho de ser llamados Hijos de Dios, adoptados en la familia real para la eternidad, y su tarea es resucitarnos con un cuerpo glorioso en el día final.
Una vez que seguimos a Cristo hacia la cruz, y perdemos nuestra vida, usamos nuestra libertad para someternos voluntariamente a la esclavitud de la justicia (Romanos 6:16). Este hecho voluntario glorifica a Dios de la forma en que los verdaderos adoradores lo harían: en Espíritu y en Verdad. Y esos son los adoradores que el Padre desea (Juan 4:23-24).